Javier Lázaro

laja

Óscar Cruz + Javier Lázaro

Desde el verano de 1922, Martin Heidegger comenzó a habitar una pequeña cabaña en las montañas de la Selva Negra, al sur de Alemania. A lo largo de los años, Heidegger trabajó desde esa cabaña en muchos de sus escritos.

En verano de 2021 bajo una incontestable pregunta, nos refugiamos de todo y de todos en una pequeña casa, casi a medio demoler, en el Concello de Muras. Comenzamos a habitar bajo los pies de la Igrexa de Santa María do Burgo, donde una tensa dialéctica de la intimidad contra el universo se materializaba en el límite no colmatado mediante una procesión de lajas de pizarra colocadas altruistamente en su posición vertical, y que pertenecían más, al otro lado del cercado, que al nuestro. El límite construido transpirable había elegido su bando.

Del carácter heterogéneo de esas losas nació Laja, una mesa que pudiera hablar de una intensa relación entre el lugar y la persona, capaz de ser soporte de nuestras inquietudes e imaginarios, pero sin perder la esencia de desaparecer con el bosque, de pertenecer al otro lado del cercado.

¿Quiénes éramos nosotros para prohibir a alguien ser?

Disgregadas las piezas que las componen, se produce un deseo de un orden temporal y físico significativo, una sensibilidad hacia las dimensiones de la presencia y la ausencia producida al extraer del ecosistema una parte del mismo; una interacción mutua de mente, cuerpo y lugar.

La superficie quasi horizontal deriva, en términos dimensionales, del espacio medido emocionalmente frente al medio natural. Esto se traduce, en que sus dimensiones no exceden de la ergometría momentánea que supone su selección, recolección, carga y transporte por una persona de unos 170 cm. de altura; a su vez, la esbeltez de la losa condiciona su longitud, a medida que la deformada de la pieza sometida a carga uniformemente repartida o puntual durante su uso pudiera llegar a quebrarla.

De estructura cuadrúpeda electrosoldada mediante retales de acero algo oxidados y tonos ocres, hace que el color natural de la patología se mimetice con los troncos que rodean la casa, permitiendo a la losa, por primera vez en mucho tiempo, descansar sobre el sotobosque de helechos y vagabundas.

La deformación producida por el estrato tierra se amortigua mediante calzos obtenidos del propio terreno, utilizando un sistema de entropía cero donde toda la materia obtenida es devuelta a su lugar, cerrando un proceso o ciclo totalmente reversible.

Aquel verano de 2021 retóricamente, participamos en cuestiones activas relativas a la presencia. Para nosotros, la mesa podría pertenecer al otro lado del cercado, pero sería el tiempo y el lugar quien dictase la poderosa posibilidad de hacerla totalmente suya y devolvérnosla cada doce meses una vez que, líquenes, musgo y otros seres vivos acampen a sus anchas en los meses de barbecho productivo, decolorándola, apropiándosela, e incluso erosionándola.

En contraste, las comodidades con las que nos encontramos en la ciudad mientras este proceso evolutivo sucede, tiene una merma de la sintonía experiencial que encontramos en el bosque, sentados en un tronco caído, intensificando la interacción entre “habitar” o “producir” con los rincones de la “habitación” delimitada por la madreselva.

La mesa de la casa nunca podrá ser de una medida y de una relación tan intensa como aquella tan cercana que producía la que abandonamos en el bosque. Más confortable, más pública, más ligada a las necesidades básicas, a los asuntos humanos. No había nada que la enturbiara, era lo suficientemente elemental para ser.

La grandeza o pequeñez de una obra depende de donde esté quien la hizo.

O mejor dicho, de con quien la hizo.

Diseño: Óscar Cruz + Javier Lázaro | Texto y dibujos: Óscar Cruz | Fotografía: Javier Lázaro